
Para completar el calibre de actuación, Keira Knightley nos regala la mejor interpretación que ha tenido hasta la fecha, encarnando a Sabina Spielrein, una paciente, una histérica, una victima, una amante, una aprendiz, un reto, una discordia, un amor intempestivo, una mujer inteligente, una mujer adelantada a su época…y Vincent Cassel como Otto Gross, pone en aprietos a Jung pues lo cuestiona, lo libera y lo esclaviza a la batalla entre sus pasiones y la represión.
Aunado a todo esto, Cronenberg y Hampton entrelazan la relación Freud-Jung sutilmente construyendo la amistad solo para terminar separándolos visual y narrativamente de la manera más orgánica.
Es muy interesante la complejidad de la relación, sus matices y sus discrepancias, pues a pesar de admirarse enormemente el uno al otro, se dan cuenta de que sus posturas comienzan a ser diametralmente opuestas. Por un lado Freud se finca en el racionalismo positivo en pos de fundamentar el arte de la interpretación en lo limitante de la ciencia, mientras que Jung, embriagado por la transferencia decide creer más allá de lo aparente a costa de ser tachado como supersticioso en un mundo de ciencia.
Mientras que el personaje de Cassel funciona meramente como catalizador, el personaje de Knightley resulta fascinante pues la evolución que va teniendo a lo largo de la historia y el cómo se entromete entre Jung y Freud, hace que se dimensione la historia…ahora si que la hace tridimensional.
A pesar de que Viggo es el favorito del director, Fassbender lleva la batuta de la película y no hay mirada más sensible (en todo el sentido de la palabra) que la del actor alemán.
En lo personal me parece una película impresionante. Ya por el tema, los actores, y el director…intelectualmente estimulante.












